«

»

Ago 29

Imprimir esta Entrada

Miedo y vértigo en el edén de un rey de Al-Andalus

Foto: Fran Manzanera

Foto: Fran Manzanera

Nada, excepto una mezcla de despreocupación y falta de conciencia, podría justificar el desinterés de las administraciones y de la ciudadanía murciana por el cerro de Monteagudo, cuyo claro abandono provoca tanta indiferencia como vergüenza. ¿Alguien podría concebir Almería sin su Alcazaba, Zaragoza sin su Aljafería, Córdoba sin Medina Azahara o Granada sin su Alhambra? Probablemente no. Murcia tampoco puede entenderse sin el complejo arqueológico de Monteagudo, donde confluyen todas las culturas que han ocupado la vega del río Segura desde la remota Prehistoria.

Asentamientos argáricos, necrópolis ibéricas, calzadas romanas, atalayas árabes… Estas escarpadas laderas, a solo 5 kilómetros de Murcia, no dejan de aportar información sobre los orígenes, la evolución y los modos de vida de antiguos pobladores, algo que asombra tanto a la comunidad científica como la inacción para iniciar su recuperación y puesta en valor. ¿Qué ocurre en Murcia?, ¿por qué se consiente esa insensibilidad?

Los estudiosos del arte islámico dedican capítulos en sus manuales a las fortalezas de Monteagudo, declaradas Monumento Nacional en 1931 y construidas a lo largo del siglo XII por Ibn Mardanis, apodado el Rey Lobo, el personaje que permitió que Murcia entrase por la puerta grande en la historia, estableciendo la capital de Al-Andalus en su pequeño reino de taifas. Ibn Mardanis gobernó Murcia entre 1147 y 1172 y convirtió el entorno de Monteagudo en un paraíso seguro con tres poderosas edificaciones abrazadas por sotos donde, según los cronistas de la época, solo se podía caminar bajo la sombra de los árboles, por huertos donde nada más disturbaba el trinar de pájaros y acequias por donde corrían las aguas hasta las puertas de la medina de Mursiya. El castillo de Monteagudo, en lo alto de la montaña, coronada en el siglo XX con la imagen del Sagrado Corazón, formaba parte de la línea de fortines que protegía el próspero feudo y cumplía estrictamente funciones militares, como la cercana almunia de Larache. El Castillejo o Qasr ibn Sa’d, palacio de planta rectangular protegido por fuertes torreones y organizado en torno a un patio interior con dos albercas, era la quinta de recreo del rey, un oasis donde la vegetación y el agua evocaban ese puro lugar de reposo que en el Corán se asocia al jardín del Edén.

Desgraciadamente, el misticismo del lugar es hoy un espejismo. De nada ha servido que los monumentos sean estudiados en los libros y en los museos, ni tampoco que fueran protegidos en papel. Las noticias de depredaciones arqueológicas en estos cabezos son antiguas, como denunció Ana María Muñoz Amilibia, impulsora de la arqueología en la Región, cuando descubrió un lote de esculturas ibéricas en bancales cercanos. Ciertamente, aquel entorno idílico concebido por Ibn Mardanis, brillante promotor de Murcia como región independiente, es, como tantas otras cosas en esta ciudad que quiere vivir del turismo, un referente popular, pero poco más. Visitar hoy el castillo de Monteagudo es una peligrosa decisión, pues los accesos llevan más de un lustro abandonados a su suerte, la misma que ha de tener el turista que se aventure por escaleras sin barandillas y pasarelas sin apenas sujeción a las piedras. Ni un solo cartel orienta o previene al visitante, que ha de ascender pendiente de no precipitarse a cada paso y sin posibilidad de disfrutar del panorama.

La reciente polémica por la retirada del Cristo ha desviado la atención sobre la conservación de un entorno que ejerce por sí solo, sin ninguna publicidad institucional, un poder de atracción sobre el turismo. A diario suben decenas de personas al castillo, aunque muchos vecinos desaconsejan la ruta tras el accidente de un francés que se despeñó en 2007 cuando se disponía a hacer una fotografía.

Aunque es voluntad del consorcio turístico ‘Murcia, cruce de caminos’ recuperar el entorno, lo cierto es que, hasta la fecha, ninguna de las tres administraciones -el Estado es propietario del castillo de Monteagudo, Larache es de la Comunidad y el Ayuntamiento aún no ha expropiado El Castillejo, que es de un particular- ha sido capaz de aunar esfuerzos para potenciar este espacio, ni siquiera como un potencial yacimiento de empleo, una alternativa más que posible en tiempos de crisis con la que se matarían, de golpe, dos pájaros de un tiro.

Fuente: La Verdad

Enlace permanente a este artículo: http://www.murciaarqueologica.com/?p=189